STELLA HARPER
— ¿Me extrañaste, querida?
Mi cuerpo se heló. Pero mi instinto no fue de miedo, sino de repulsión. Que Sophie estuviera aquí no podía significar nada bueno, y su mirada maligna dirigida a mí lo confirmaba.
— No, ni un poco —respondí con sinceridad, en un tono seco—. Puedes volver por donde viniste.
Ella rio, esa risa burlona que siempre me ponía de los nervios.
— Vaya, no seas así. Solo vine a hacer una visitita. A charlar como amigas —se encogió de hombros, como si una “charla de