ELIZABETH WINTER
La luz del sol de domingo inundaba mi cuarto, bañando las sábanas blancas en un dorado molesto. Extendí el brazo hacia el lado izquierdo de la cama, un movimiento automático que mi cuerpo parecía haber aprendido en tiempo récord, pero mis dedos encontraron solo la tela fría y lisa.
Casi olvidé que Alex estaba dos pisos abajo. Probablemente llevaba horas despierto, lidiando con Apollo y Orion, tal vez haciendo panqueques en forma de animalitos. No podía simplemente bajar. Tení