Ellyn se sujetó del lavamanos con ambas manos.
El mármol frío apenas lograba calmar el ardor que le subía desde el estómago.
Vomitó de nuevo, con un espasmo violento que le hizo caer lágrimas involuntarias.
Era la cuarta vez esa mañana. Su cuerpo ya no tenía nada que expulsar, y, sin embargo, el malestar seguía ahí, incontrolable.
Cuando por fin se recompuso, abrió el grifo y se enjuagó la boca con manos temblorosas.
Luego, se lavó el rostro, intentando borrar no solo el sudor, sino también el m