El tiempo transcurría con una lentitud insoportable.
Una hora.
Dos horas.
Tres horas.
La luz roja sobre la puerta del quirófano seguía encendida, sin apagarse ni un instante.
El pasillo del hospital estaba envuelto en un silencio asfixiante.
Nadie era realmente capaz de hablar.
Lo único que se escuchaba era el sonido de los pasos de las enfermeras que cruzaban de vez en cuando...
Seguido por el pitido constante de los monitores provenientes de las salas de atención a lo lejos.
Livia p