Capitulo 48

Hilda, Lionel y Alexander cenaban en un silencio denso, apenas perturbado por el tintinear de los cubiertos sobre la porcelana. Cada bocado, cada movimiento, se sentía frío y calculado, como si la mesa fuera el escenario de un ritual ancestral.

—Todo exquisito, tía Hilda… como siempre —musitó Alexander, con una reverencia que rozaba lo servil.

Hilda respondió con una sonrisa sinuosa,

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