—Solo… quédate.
Fue tan simple. Tan desnudo. Tan distinto a él.
Ella giró para mirarlo, y lo encontró con los ojos bajos, la mandíbula tensa, como si haber dicho eso le hubiera costado más que su propia resurrección.
—Leonard…
—No quiero dormir solo. No esta noche.
Abril dudó. Pero algo en su voz —no la arrogancia de siempre, no el control quirúrgico—, sino un tono de hombre vencido, le perforó las defensas. Asintió con un leve movimiento de cabeza.
—Está bien. Pero duermes. Nada más.
—Lo promet