Viviana
La tarde se deshacía en un gris cansado cuando Viviana buscó en los bolsillos de su falda y halló apenas un par de monedas que tintinearon como burlonas campanas de iglesia. El vacío del dinero era un eco que le apretaba el pecho. Al escudriñar mil veces sus bolsillos, lo único que encontró fue la tarjeta del taxista. Tomó el teléfono y le marcó el número, considerando que la otra opción sería pedir limosna.
—¿Aló? —contestó una voz grave, cálida, como si hablara desde un fogón encendid