El jet privado de Enzo Costa era exactamente como Valeria lo había imaginado: ostentoso, elegante y tan irritantemente perfecto como su dueño. La cabina, revestida en cuero italiano color crema y madera de nogal, parecía más un salón de lujo que un medio de transporte.
Valeria se acomodó en uno de los asientos, intentando aparentar indiferencia mientras observaba por la ventanilla. El cielo de Madrid comenzaba a teñirse de naranja cuando la figura de Enzo apareció en la puerta de la cabina.
—¿Có