Las doce horas se arrastraron como años.
Nadie durmió. La casa Costa, con sus techos altos y sus paredes de color marfil que normalmente irradiaban elegancia europea, se había transformado en algo completamente distinto: un centro de operaciones improvisado donde el miedo ocupaba cada rincón como un invitado no deseado.
Carmen preparaba café por quinta vez consecutiva. Sus manos, normalmente firmes y precisas—manos entrenadas para desarmar explosivos y neutralizar amenazas—temblaban ligeramente