Valeria no salió del apartamento de Isabella por dos días.
Cuarenta y ocho horas encerrada en ese espacio que olía a perfume francés caro y a secretos que se pudrían en las esquinas. Las cortinas permanecieron cerradas, bloqueando la luz del sol que se atrevía a filtrarse por los bordes, convirtiendo el apartamento en una cueva donde el tiempo perdía significado. No comió. Apenas durmió. Solo existió en ese limbo entre la vigilia y la inconsciencia, repitiendo la grabación una y otra vez hasta q