3

El Café Comercial mantenía ese aire de grandeza decadente que lo había convertido en institución madrileña desde 1887. Los espejos biselados reflejaban la luz que se filtraba a través de los ventanales, multiplicando las conversaciones susurradas y el tintineo de las cucharillas contra la porcelana. Valeria llegó diez minutos antes de la hora acordada, una costumbre que había heredado de su padre junto con el apellido y la presión de las expectativas.

Carmen ya estaba allí, ocupando una mesa en el rincón más discreto del establecimiento. Su asistente levantó la vista del teléfono y le dedicó una sonrisa que no alcanzó sus ojos.

—Llegaste temprano —observó Carmen, señalando la silla frente a ella—. Eso es bueno. Necesitamos hablar antes de que lleguen.

Valeria se deslizó en el asiento, dejando su bolso de cuero sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—No voy a cambiar de opinión. Esto es solo cortesía profesional.

—Nadie te está pidiendo que cambies de opinión. —Carmen hizo una pausa mientras el camarero se acercaba—. Dos cafés con leche, por favor. —Esperó hasta que el hombre se alejó antes de continuar—. Pero necesito que escuches los números sin dejar que tu orgullo tome decisiones por ti.

—Mi orgullo no tiene nada que ver con esto.

—¿No? —Carmen arqueó una ceja con esa expresión que había perfeccionado durante años de lidiar con diseñadores temperamentales—. Porque desde donde yo estoy sentada, parece que estás a punto de rechazar dos millones de euros porque un italiano guapo te pone nerviosa.

Valeria sintió el calor subiendo por su cuello.

—No me pone nerviosa. Me parece arrogante, invasivo y...

—¿Y atractivo? —Carmen se reclinó en su silla, sus dedos tamborileando sobre la mesa—. Mira, no me malinterpretes. Entiendo perfectamente por qué no confías en él. Pero GMI es una empresa seria. He investigado. Sus inversiones en marcas emergentes tienen un historial impresionante. Tres de cada cuatro terminan expandiéndose internacionalmente en menos de dos años.

—¿Y la cuarta?

—Fue absorbida por una casa francesa más grande. Sus fundadores se retiraron millonarios. —Carmen se inclinó hacia adelante—. Valeria, sé que quieres hacerlo sola. Sé que necesitas demostrar que eres más que el apellido Hidalgo. Pero ser inteligente no es debilidad. Es supervivencia.

El café llegó antes de que Valeria pudiera responder. Se concentró en agregar azúcar a su taza, observando cómo los cristales se disolvían en el líquido oscuro. Carmen tenía razón, por supuesto. Siempre la tenía cuando se trataba de números y estrategia. Pero los números no capturaban la forma en que Enzo la miraba, como si pudiera ver a través de todas las defensas que había construido tan cuidadosamente.

—Solo escucha la propuesta —continuó Carmen, su voz suavizándose—. Si después decides que no, te apoyaré. Pero hazlo desde un lugar informado, no desde el miedo.

—No tengo miedo.

—Todos tenemos miedo de algo. —Carmen tomó un sorbo de su café—. La diferencia está en si dejamos que ese miedo nos controle.

La puerta del café se abrió, trayendo consigo una ráfaga de aire frío y la presencia inconfundible de Enzo Costa. Iba acompañado de una mujer que Valeria reconoció de las fotos en la página web de GMI: Alessandra Ricci, directora de inversiones estratégicas. Alta, elegante, con el cabello oscuro recogido en un moño impecable y un traje gris que probablemente costaba más que el alquiler mensual del taller.

Enzo la vio primero. Sus ojos verdes se encontraron con los de Valeria a través del espacio atestado del café, y por un momento, el mundo pareció reducirse solo a esa conexión. Luego él sonrió —esa sonrisa que era mitad promesa, mitad amenaza— y comenzó a caminar hacia ellas.

—Señorita Hidalgo. —Se detuvo junto a la mesa, extendiendo la mano—. Gracias por aceptar reunirse con nosotros.

Valeria estrechó su mano brevemente, ignorando el calor que se extendió por su brazo ante el contacto.

—Señor Costa. —Se volvió hacia Alessandra—. Señorita Ricci.

—Por favor, llámame Alessandra. —La mujer tenía un apretón de manos firme y una sonrisa profesional que no revelaba nada—. Y permíteme decir que tu desfile de ayer fue extraordinario. Los imperdibles dorados fueron un toque de genialidad.

—Fue improvisación nacida de la desesperación —admitió Valeria mientras todos tomaban asiento.

—La mejor creatividad a menudo lo es. —Alessandra sacó un iPad de su bolso de diseñador—. Pero hablemos de cómo convertir esa creatividad en un imperio sostenible.

Durante los siguientes cuarenta minutos, Alessandra desplegó una presentación que habría impresionado incluso al más escéptico de los inversores. Proyecciones de crecimiento, análisis de mercado, estrategias de expansión internacional. Los números bailaban en la pantalla del iPad, transformando los sueños vagos de Valeria en posibilidades concretas.

—Dos millones de euros —dijo Alessandra, deslizando el dedo por la pantalla—. A cambio de una participación del treinta por ciento en la empresa. Mantendrías control creativo total. Nuestro rol sería puramente estratégico y financiero.

—¿Puramente? —Valeria arqueó una ceja—. En mi experiencia, los inversores siempre tienen opiniones sobre la dirección creativa.

—En nuestra experiencia —intervino Enzo, hablando por primera vez desde que se sentaron—, los diseñadores que intentamos controlar terminan produciendo trabajo mediocre. No invertimos en mediocridad.

—¿Y qué exactamente consideran que están comprando con esos dos millones?

—Potencial. —Enzo se reclinó en su silla, sus dedos entrelazados sobre la mesa—. Tu desfile de ayer demostró algo que los números no pueden capturar. Tienes instinto. Bajo presión, cuando todo se está desmoronando, no te congelas. Te adaptas. Creas. Eso no se puede enseñar.

Carmen carraspeó discretamente.

—Quizás deberíamos revisar los términos específicos del contrato.

Alessandra asintió, pasando a otra sección de la presentación. Valeria intentó concentrarse en las cláusulas legales, en los porcentajes y las fechas límite, pero seguía sintiendo la mirada de Enzo sobre ella. No era invasiva exactamente, más bien... evaluadora. Como si estuviera resolviendo un rompecabezas particularmente complejo.

—Hay algunos puntos que necesitaríamos negociar —dijo Carmen, tomando notas en su propio teléfono—. La cláusula de no competencia es demasiado amplia, y el período de exclusividad necesita ajustarse.

—Por supuesto. —Alessandra sonrió—. Esto es solo un borrador inicial. Esperamos negociaciones.

—¿Y el plazo? —preguntó Valeria—. ¿Cuánto tiempo tengo para decidir?

—La oferta es válida hasta el viernes —respondió Enzo—. Después de eso, necesitaremos buscar otras opciones de inversión.

Cinco días. Valeria sintió el peso de esa fecha límite asentándose en su pecho como una piedra.

—Entiendo.

—Bien. —Alessandra comenzó a guardar el iPad—. Creo que hemos cubierto los puntos principales. ¿Tienes alguna pregunta adicional?

Valeria tenía aproximadamente un millón de preguntas, pero ninguna que pudiera formular coherentemente en ese momento.

—Necesito revisar todo con mi equipo legal.

—Naturalmente. —Alessandra se puso de pie, seguida por Enzo—. Carmen tiene todos nuestros datos de contacto. Estaremos disponibles para cualquier aclaración que necesites.

Se despidieron con apretones de manos y sonrisas profesionales. Alessandra salió primero, su teléfono ya pegado a la oreja mientras gestionaba alguna otra crisis empresarial. Enzo se demoró, sus ojos encontrando los de Valeria una vez más.

—Una cosa más —dijo, su voz lo suficientemente baja como para que solo ella pudiera escuchar—. Me gustaría ver tu taller. Entender mejor tu proceso creativo antes de finalizar cualquier acuerdo.

Valeria sintió todas sus defensas levantándose instantáneamente.

—No creo que eso sea necesario.

—¿No? —Enzo ladeó la cabeza—. Estoy considerando invertir dos millones de euros en tu visión. ¿No crees que debería ver dónde nace esa visión?

—Has visto mi trabajo. Eso debería ser suficiente.

—He visto el resultado. Me interesa el proceso. —Hizo una pausa—. A menos que tengas algo que ocultar.

Era un desafío, claro y directo. Valeria lo reconoció por lo que era: un juego de poder disfrazado de curiosidad profesional.

—No tengo nada que ocultar.

—Entonces no hay problema. —Sonrió, y había algo peligroso en esa sonrisa—. ¿Esta tarde? Puedo estar libre a las cuatro.

Carmen intervino antes de que Valeria pudiera responder.

—Valeria tiene una agenda muy apretada esta semana. Quizás podamos programar algo para...

—Las cuatro está bien —dijo Valeria, sorprendiéndose a sí misma—. Pero solo una hora. Tengo una reunión a las cinco.

No tenía ninguna reunión a las cinco, pero él no necesitaba saber eso.

—Una hora es todo lo que necesito. —Enzo sacó su teléfono—. Dame la dirección.

Valeria recitó la dirección del taller, observando cómo él la ingresaba en su teléfono con dedos que se movían con precisión económica. Todo en él era así, notó. Eficiente. Calculado. Nada dejado al azar.

—Nos vemos a las cuatro entonces. —Se despidió con un gesto de cabeza y salió del café, dejando tras de sí un rastro de colonia cara y posibilidades peligrosas.

Carmen esperó exactamente tres segundos antes de volverse hacia Valeria.

—¿Qué demonios fue eso?

—¿Qué fue qué?

—Esa... tensión. —Carmen hizo un gesto vago con la mano—. Parecía que estaban a punto de arrancarse la ropa o matarse mutuamente. Posiblemente ambas cosas.

—No sé de qué estás hablando.

—Por favor. —Carmen tomó otro sorbo de su café, ahora frío—. Soy muchas cosas, pero ciega no es una de ellas.

Valeria se hundió en su silla, sintiendo el agotamiento de las últimas veinticuatro horas finalmente alcanzándola.

—Es complicado.

—La mayoría de las cosas que valen la pena lo son. —Carmen se inclinó hacia adelante—. Mira, no voy a decirte qué hacer con tu vida personal. Pero profesionalmente, esta es una buena oferta. Realmente buena. No la sabotees porque el mensajero es atractivo.

—No voy a sabotear nada.

—Bien. Entonces revisa los números con cabeza fría. —Carmen comenzó a recoger sus cosas—. Y por el amor de Dios, respira un poco antes de que llegue a tu taller esta tarde. Pareces a punto de hiperventilar.

Valeria pasó las siguientes horas en un estado de ansiedad productiva. Organizó el taller tres veces, moviendo telas y bocetos hasta que todo parecía casual pero cuidadosamente curado. Se cambió de ropa dos veces antes de decidir que el primer conjunto había sido el correcto. Preparó café, luego lo tiró y preparó más.

A las tres y cincuenta y cinco, se obligó a sentarse en su mesa de trabajo y fingir que estaba concentrada en un boceto. El zumbido del timbre a las cuatro en punto la hizo saltar, a pesar de que lo había estado esperando.

Enzo estaba en la puerta, puntual hasta el segundo. Se había quitado la chaqueta del traje y arremangado las mangas de su camisa blanca, revelando antebrazos bronceados y un reloj que probablemente costaba más que todo el equipo de su taller.

—Puntual —observó Valeria, haciéndose a un lado para dejarlo entrar.

—El tiempo es el único recurso que no podemos recuperar. —Cruzó el umbral, sus ojos inmediatamente escaneando el espacio—. Sería una falta de respeto desperdiciarlo.

Valeria cerró la puerta, súbitamente consciente de que estaban solos. El taller, que normalmente se sentía espacioso y lleno de luz, de repente parecía más pequeño, más íntimo.

—¿Entonces? —dijo, cruzando los brazos—. ¿Qué quieres ver?

Enzo caminó lentamente por el espacio, sus dedos rozando las telas sobre las mesas de trabajo. Se detuvo frente a un maniquí que exhibía uno de los vestidos del desfile, inclinando la cabeza mientras estudiaba la construcción.

—Cuéntame sobre tu proceso —dijo sin volverse—. Desde la idea inicial hasta el producto final.

—¿Por qué? Los números no mienten. O la inversión tiene sentido financiero o no.

—Los números cuentan parte de la historia. —Se volvió para mirarla—. Pero quiero entender qué estoy comprando realmente. Y no estoy comprando solo ropa, Valeria. Estoy comprando tu visión. Tu forma de ver el mundo y traducirlo en algo que la gente quiere usar.

La forma en que dijo su nombre —sin el formal "señorita Hidalgo"— envió un escalofrío por su columna vertebral.

—Mi proceso es... orgánico —comenzó, acercándose a su mesa de bocetos—. Empiezo con una sensación, una emoción que quiero capturar. Luego busco las telas que puedan expresar esa emoción.

—¿Como qué?

—Como... —Valeria recogió un pedazo de seda color marfil—. Esta temporada quería capturar la vulnerabilidad. La forma en que nos exponemos cuando nos permitimos ser vistos realmente.

—Interesante elección —murmuró Enzo, acercándose—. La vulnerabilidad no es algo que la gente generalmente quiera exhibir.

—Exacto. Por eso es poderosa. —Dejó caer la seda, consciente de lo cerca que él estaba ahora—. Cuando eliges ser vulnerable, cuando lo haces a propósito, dejas de ser víctima. Te conviertes en... valiente.

—¿Hablas por experiencia?

La pregunta era demasiado personal, cruzaba líneas que deberían permanecer firmemente trazadas entre inversor potencial y diseñadora.

—Hablo como diseñadora. La ropa es armadura tanto como es expresión.

—¿Y qué armadura usas tú, Valeria?

Ahí estaba otra vez. Su nombre en sus labios, convirtiéndose en algo más que simple identificación.

—Profesionalidad —respondió, retrocediendo un paso—. Límites claros.

—Ah. —Enzo sonrió, pero había algo triste en esa sonrisa—. Esas murallas que mencioné ayer. Las que construyes tan cuidadosamente.

—No son murallas. Son límites saludables.

—¿Hay diferencia?

—Sí. —Valeria levantó la barbilla—. Las murallas mantienen todo afuera. Los límites dejan entrar lo que eliges y mantienen fuera lo que no.

—¿Y qué has elegido dejar entrar?

Mi trabajo. Mi arte. Nada más. Nadie más.

—Eso no es asunto tuyo.

—Tienes razón. —Enzo retrocedió, creando distancia física que de alguna manera hizo el aire entre ellos sentirse aún más cargado—. Perdona. Eso fue inapropiado.

—Sí, lo fue.

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