El coche de André atravesó las calles de París con la urgencia de una ambulancia sin sirena. Valeria observaba por la ventanilla cómo los bulevares se desdibujaban en una mancha de grises y dorados, su corazón martilleando contra sus costillas con una insistencia que rayaba en lo doloroso. Cinco minutos. Tenían exactamente cinco minutos antes de que la junta comenzara sin ellos.
—Respirez —murmuró André desde el asiento del conductor, sus manos firmes sobre el volante mientras tomaba una curva c