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La sala de deliberación olía a café rancio y a ese tipo de tensión que solo existía en los espacios donde se decidían destinos ajenos. Valeria observaba el reloj de pared—las manecillas marcando las 11:47 AM con esa precisión obscena que solo los momentos de espera sabían producir—mientras permanecía sentada en la primera fila de la galería pública, sus manos entrelazadas sobre su regazo con tanta fuerza

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