Las luces de la UCI parpadeaban con un ritmo constante que debería haber sido reconfortante pero que solo hacía que el tiempo pareciera arrastrarse. Valeria estaba sentada junto a la cama de su madre, sus manos apretadas en puños tan firmes que las uñas dejaban medias lunas en sus palmas.
Catalina respiraba con dificultad, cada inhalación un esfuerzo visible, pero sus ojos estaban claros. Determinados. Como si hubiera estado esperando veintisiete años para decir estas palabras y nada—ni siquiera