La noche sobre el Mediterráneo se extendía como una sábana de terciopelo negro tachonada de estrellas, pero Valeria apenas la notaba. Estaba de pie en la entrada del estudio temporal que habían improvisado en la cubierta inferior del Artemis, observando a Sebastián trabajar con una concentración que le resultaba dolorosamente familiar.
Dieciocho horas. Llevaba dieciocho horas seguidas frente a esas pantallas, diseñando protocolos de seguridad para el desfile del lunes con la misma meticulosidad