La luz del laptop iluminaba el rostro de Valeria con un resplandor azulado que contrastaba brutalmente con la calidez dorada del sol matutino filtrándose por las ventanas de la cocina. Sus manos temblaban sobre el teclado, los dedos suspendidos en el aire como si tocar las teclas pudiera hacer que las palabras en la pantalla cobraran vida y se materializaran en algo tangible, algo real, algo que pudiera detener.
El email había llegado a las seis y cuarto de la mañana, deslizándose en su bandeja