La luz matutina del viernes se filtraba suavemente a través de las cortinas de lino del dormitorio cuando Valeria despertó con una sensación familiar en el estómago. No eran las náuseas matutinas normales, sino algo más profundo, más persistente. Algo que reconocía pero que se había negado a aceptar durante las últimas semanas.
Se deslizó cuidadosamente fuera de la cama, evitando despertar a Enzo, cuyo brazo descansaba posesivamente sobre el espacio que ella había ocupado. Lorenzo dormía plácida