El Bentley esperaba bajo la luz mortecina de las farolas del palacio, su carrocería negra absorbiendo la noche como si fuera parte de ella. Valeria descendió los escalones de mármol con pasos medidos, consciente de cada centímetro de piel que el vestido rojo dejaba expuesto al aire frío de Madrid. El chofer ya había abierto la puerta trasera, pero fue Enzo quien apareció desde las sombras, interceptándola antes de que pudiera alcanzar el vehículo.
—Yo conduzco —dijo con voz grave, despidiendo al