Ivanna llegó a la dirección de la tarjeta con la mandíbula apretada y el pulso acelerado. Era una ironía sangrienta: estaba cayendo en su propia trampa. Pero no podía evitarlo. Aleksei Volkov era el hombre ideal para ella, y la sola idea de compartirlo le revolvía las entrañas. No iba a permitir que unas putas baratas se encargaran de saciar a ese semental; ese privilegio, ese derecho de propiedad, le pertenecía únicamente a ella.
Al llegar al ascensor, los hombres de Aleksei, que custodiaban e