La mañana en la mansión resultaba demasiado tranquila, y a Dante nunca le había gustado esa quietud que le hacía sentir tan extraño. En el mundo de Dante, la tranquilidad solía aparecer solo antes de que ocurriera algo malo. Estaba de pie frente a la ventana de su despacho, vestido con una camisa negra con las mangas remangadas hasta los codos.
Una taza de café ya frío yacía sobre la mesa, y Dante no la había tocado en absoluto desde hacía rato. Su mente estaba demasiado ocupada pensando en Ser