El salón de baile del edificio seguía inundado de luz. Las lujosas lámparas de cristal que colgaban del techo reflejaban un brillo dorado en cada rincón de la sala. La música clásica sonaba suavemente, mezclándose con las risas, el tintineo de las copas y las conversaciones de los invitados de élite, que esa noche seguían ocupados discutiendo asuntos importantes.
Por otro lado, también había algunos invitados que observaban a Serafina con diversas miradas; aunque no dijeran nada, sus miradas y