El silencio inundaba la pequeña cocina del ala privada. Ahora, lo único que se oía entre ambos era el leve sonido de la lluvia procedente del exterior de la mansión. Antonio miraba a Lalita sin pestañear, frunciendo ligeramente el ceño.
Y, por primera vez en los años que llevaba conociendo a Lalita, Antonio veía a aquella mujer no como una sirvienta ni como la guardiana de Serafina. Sino como alguien que llevaba demasiado tiempo guardando el gran secreto de la familia Romano.
“¿No es eso lo que