ALARIC
El sonido de la alarma del manicomio Saint-Jude no era una sirena convencional; era un pitido agudo y penetrante que vibraba en las paredes de hormigón, diseñado para desorientar y causar pánico. Kadyel se tambaleó al salir de la celda 912, sus músculos atrofiados por meses de sedación protestando ante el movimiento repentino, pero sus ojos —ese inquietante contraste de azul y avellana— destellaban con una lucidez maníaca.
—¡Stefan, estamos saliendo por el ala norte! —grité por el comuni