ROUSE
La luz del amanecer se filtraba por las cortinas de seda, pero la calidez de la cama no lograba disipar la inquietud que se había instalado en mi pecho desde que despertamos. Stefan me rodeaba con sus brazos, su respiración cálida en mi nuca, pero yo me sentía extraña. Me senté en la cama, cubriéndome con la sábana, y miré hacia las esquinas de la habitación.
—Stefan… —susurré, despertándolo—. Estos días que hemos estado acá, se siente raro. Como si nos vigilaran. Me siento observada, per