ELENA
El eco de mis dedos sobre el teclado todavía vibraba en mis yemas.
Había logrado lo imposible: infiltrarme en el núcleo de la bestia mientras ella me besaba la mano en señal de gratitud.
Los diez millones de dólares y los archivos del Proyecto Ícaro estaban a buen recaudo en una nube encriptada que solo yo podía abrir.
Por primera vez en semanas, sentí que el aire entraba en mis pulmones sin el permiso de Alaric.
Sin embargo, cometí un error de novata: subestimar la lealtad de un perro