Fue de esta manera que dejé de pegarme y mis manos fueron al cuerpo de Astrid, ella se pegó aún más a mi cuerpo y la levanté sin ningún esfuerzo. Nos fuimos a la cama entre tropezones y finalmente la miré con deseo.
— Eres preciosa — mis ojos la vieron con deseo — ven aquí.
La tomé nuevamente, ella no opuso ninguna resistencia y sus manos se fueron nuevamente a mi cuerpo; empezó a desabotonar mi pantalón y después siguió con mi camisa. Deslizó sus manos en mi abdomen mientras yo la desnudaba.