Arlet no había podido parar de llorar, la confesión de su padre no hacía otra cosa que repetirse en su mente. Atormentándola.
—¡Mamá!—lloró la joven contra la almohada, imaginando a una mujer muerta a causa de la crueldad de su progenitor.
Sentía que necesitaba huir de ese lugar, lo necesitaba incluso más que el aire para respirar. No podría soportar mirarlo nuevamente. Su padre era un monstruo.
—Arlet, no has comido nada—dijo Nicolás, entrando en la habitación.
—Sácame de aquí—suplicó desde