Dante se adelantó al quinto día.
No vino con hombres esta vez. Vino solo, o aparentemente solo, en un coche sin conductor visible que aparcó frente a la casa del norte a las diez de la mañana de un martes.
Yo estaba en el despacho cuando Marco alertó. Adrián bajó primero. Yo bajé detrás.
Dante estaba en el jardín delantero, con las manos en los bolsillos y una expresión que era diferente a todas las anteriores. No la amabilidad calculada de las reuniones ni la presión de los encuentros de fuerz