Capítulo 32. La jaula de oro
Leiah estaba en su habitación, sentada en el suelo, con las piernas recogidas contra el pecho y la frente apoyada en las rodillas. La luz de la tarde entraba débil por la ventana, tiñendo de sombras los pliegues del vestido de prueba que colgaba en la esquina, como una burla muda.
Lloraba en silencio. Como había aprendido a hacerlo desde niña: sin sollozos, sin ruido. Solo lágrimas que se deslizaban por las mejillas como la prueba final de que algo dentro de ella se había roto para siempre.
Dar