Últimamente, los besos se habían convertido en parte de la rutina diaria de Livia, como un ritual matutino que no podía saltarse. No es que tuviera opción. No podía negarse, ni siquiera negociar. Pero, curiosamente, tampoco parecía molestarle.
Sus puños cerrados decían una cosa, pero el latido frenético de su pecho—tan fuerte que parecía querer salirse de las costillas—contaba una historia muy distinta.
Y Damian… él nunca perdía la oportunidad de darle su beso de buenos días. Se había vuelto un