Una nueva mañana amaneció, y la casa principal volvió a su ritmo habitual. Las sirvientas iban de un lado a otro con sus quehaceres, y a lo lejos, Livia podía ver a los jardineros cuidando de los árboles y flores, rociándolos con agua bajo el sol naciente.
Caminaba al lado de Damian, hasta que se detuvo cuando el señor Matt se les acercó.
—Cariño, ¿a dónde vamos? —preguntó ella, tirando suavemente de su brazo.
—Silencio. Solo sube al coche —Damian la empujó con delicadeza en la otra dirección—.