Balardia, palacio real
A cada paso que daba, Eris recordaba el rumbo de su vida desde que bajara de aquella montaña, helada hasta los huesos, y se coronara como campeona en el Qunt’ Al Er. Una nueva vida inició aquel día, y no había escatimado en esfuerzos para vivirla lo mejor que podía. Amaba a Akal, pero no permitiría que ni él ni nadie volviera a torcer su destino.
Abrió la puerta y entró al salón donde él y su invitado hablaban. Los hombres se pusieron de pie para recibirla luego de que Akal le pidiera a una sierva que la llamara.
—Ella es Eris, Umak. Es la reina de Balardia y mi compañera. Eris, él es Umak, mi amigo, mentor y lo mejor que pudo darme mi padre —Akal los presentó.
Eris estrechó la mano de Umak, sin dejar de sospechar de la forma en que él la veía, tan impresionado, absorto en lo que se tejía en su mente y que la involucraba a ella.
—Akal me ha hablado mucho de usted, no pensé que un día lo conocería. Él lo creía muerto —contó Eris, intentando sonreír.