Balardia, aldea Forah
La vieja choza donde Eris había pasado su niñez y parte de su juventud era más pequeña que el salón más pequeño del palacio. El humo negro que brotaba de la chimenea la hizo esperar hallar un hogar cálido, pero en cuanto cruzó la puerta, siguió sintiendo el mismo frío que afuera, puede que incluso más.
La madre se quedó sin habla al verla, inmóvil, mientras el cuchillo con que pelaba unas papas se le resbalaba de la mano.
—Mira quién ha venido a visitarnos, madre, Eris. ¡Es Eris! —dijo la hermana, emocionada.
La mujer se puso de pie y se acercó con cautela a inspeccionarla por fin. Era su hija, sin duda, una de las tantas que había tenido.
—Si hubieras avisado que vendrías, habría preparado una cena más apropiada, aunque supongo que nada se compara con los manjares que saboreas en el palacio.
—No, no se le compara —respondió Eris, con frialdad—. He enviado cosas para ustedes, ¿les han llegado? —preguntó, viendo que su hermana seguía usando ropas delgadas cua