SOFIA
El permiso llegó sin explicación.
Clara me lo dijo esa mañana, con una voz desprovista de la habitual frialdad clínica, reemplazada por algo aún más inquietante: una indiferencia que implicaba que mis movimientos eran ahora un mero trámite administrativo. Estaba sentada junto a la ventana de mi habitación, contemplando la silueta de los altos muros perimetrales contra el cielo gris, cuando entró.
—Saldrás hoy —dijo.
Levanté la vista, sin poder asimilar las palabras. —¿Salir?
—Sí.
Eso fue