Paolo abrió la puerta del copiloto y ayudó a Cristina a entrar con cuidado antes de rodear el auto y sentarse al volante.
El hombre oculto en las sombras entrecerró sus ojos siniestros. Paolo sintió algo y giró la cabeza, pero no vio nada.
Se detuvo un instante, con un mal presentimiento surgiendo en su interior, y sus cejas pobladas se juntaron.
—¿En qué piensas? —preguntó Cristina al notar su expresión preocupada.
—Nada —Paolo pisó el acelerador, conduciendo despacio al principio mientras la