Cuando Cristina se despertó a la mañana siguiente, descubrió que Paolo había desaparecido otra vez.
Se frotó los ojos con decepción y se levantó. Al notar las marcas rojizas que cubrían su cuerpo, evidencia de lo que había pasado la noche anterior, escondió la cara entre las sábanas, avergonzada.
Tardó un buen rato en bajar de la cama con pereza. Entonces vio a Toto acurrucado en el sofá junto a la cama. La miraba fijamente con sus ojos redondos, sin parpadear.
Cristina cerró los ojos, sintiéndose culpable. Un poco apenada, le habló al animal.
—Toto, más te vale olvidar todo lo que viste anoche... olvídalo todo, ¿entiendes?
—Deja de confundir al gato.
La voz profunda y clara resonó de repente. Paolo salió del baño con el rastrillo de afeitar en la mano.
Ella se le quedó viendo. Él solo traía puesta su ropa interior, dejando al descubierto su torso musculoso. Cristina balbuceó.
—Es pleno día... ¿por qué no te pones ropa?
Paolo bajó la mirada hacia sus bóxers y arrugó la frente.
—Sí tra