Angelo observó cómo la imponente figura de Paolo quedaba casi completamente envuelta en las sombras de la noche.
—Hermano...
Paolo entrecerró los ojos y arrugó la frente.
—¿Cómo que todavía no estás en tu cuarto descansando a estas horas?
Angelo sonrió con picardía.
—Tú también andas por aquí, ¿no tienes que ir a descansar?
Paolo hizo una mueca y habló con un tono severo.
—Ya sabes que no andas muy bien de salud. No deberías estar aquí afuera a medianoche. Ándale, métete ya. Tu doctor dijo que