El cielo de finales de otoño lucía excepcionalmente despejado. Un haz de luz dorada se filtraba a través de las cortinas de gasa, iluminando la cara de la joven en la cama, de una palidez casi traslúcida.
Una voz profunda y nítida resonó cerca de su oído. Cristina podía sentir su aliento, una caricia que le provocaba un cosquilleo en la piel. Era una sensación agradable, refrescante como una brisa suave.
Mantuvo los párpados cerrados a propósito, esperando que no descubriera que podía oír cada