Paolo sintió que su corazón se hundía poco a poco. Al verla completamente inmóvil, se rio de su propia ingenuidad y suspiró.
—Qué infantil. Hablar contigo pensando que me escuchas. Eres increíble, ni siquiera eres capaz de mover una pestaña por mí.
Hizo una pausa, luego extendió el brazo con lentitud y acarició su cara con delicadeza. Giró un poco la cabeza y tragó saliva con dificultad.
—Muchacha desobediente, no tienes corazón. Ni una sola reacción. En cuanto llegue a casa, voy a cocinar a es