Una romántica y cálida melodía llenaba el salón de bodas en cuanto entraron. La novia aún no había aparecido, pero el novio, Enrico Fabri, ataviado con un elegante esmoquin negro, se movía de un lado a otro atendiendo a los invitados.
Enrico no tardó en fijarse en una pareja que destacaba entre la multitud. Él era apuesto y elegante; ella, menuda y delicada, con una piel que parecía de porcelana. A pesar de la diferencia de estaturas, se complementaban a la perfección.
—¡Angelo!
Enrico levantó