Cristina cerró la puerta de la habitación. Al darse la vuelta, se encontró con la alta figura que aguardaba en el pasillo.
Sus ojos verdes parpadearon mientras intentaba ubicarlo. Si la memoria no le fallaba, aquel sujeto era el asistente personal de Paolo: Michel. Recordaba bien sus facciones; aparte de Susan, era el hombre de mayor confianza para Paolo.
Sonrió y lo saludó con un leve movimiento de cabeza.
Michel tardó en reaccionar. La mujer frente a él le resultaba muy familiar, pero no lograba recordar dónde la había visto antes. Respondió el gesto con otra sonrisa.
En ese momento, Paolo se acercó, le rodeó la cintura con el brazo para atraerla hacia sí y lanzó una mirada rápida a su asistente.
—Vámonos a casa.
Sintiendo la calidez y firmeza de aquel agarre, las mejillas de ella se tiñeron de un rojo intenso. Intentó enderezarse y protestó en un susurro.
—Puedo caminar sola...
Él bajó la cabeza, frotando su barbilla contra la coronilla de ella, y le advirtió en voz baja.
—Deja de