Las manos de Ciro temblaban sobre el volante y su visión, nublada por la humedad, se aferraba al espejo retrovisor donde la delicada figura de ella se hacía cada vez más pequeña.
Cristina permaneció inmóvil en su lugar, viendo cómo Ciro se alejaba. Una capa de lágrimas comenzaba a empañar su mirada, acumulándose en sus grandes ojos.
No sabía qué le pasaba; no se trataba de una despedida de vida o muerte, pero sentía una pérdida irreversible.
Le debía demasiado. Lo único que podía hacer por él e