Las manos de Ciro temblaban sobre el volante y su visión, nublada por la humedad, se aferraba al espejo retrovisor donde la delicada figura de ella se hacía cada vez más pequeña.
Cristina permaneció inmóvil en su lugar, viendo cómo Ciro se alejaba. Una capa de lágrimas comenzaba a empañar su mirada, acumulándose en sus grandes ojos.
No sabía qué le pasaba; no se trataba de una despedida de vida o muerte, pero sentía una pérdida irreversible.
Le debía demasiado. Lo único que podía hacer por él era salir de su vida cuanto antes para que dejara de sufrir por su causa.
Recordar las palabras de Ciro, confesando que su mayor arrepentimiento había sido no llevarla con él cuando dejó el orfanato, eso hizo sentir a su corazón que se partía en pedazos.
Si se hubieran ido juntos en aquel entonces, Paolo nunca habría aparecido. Quizás, ella y Ciro ya estarían juntos ahora.
Pero Paolo había aparecido. Su llegada fue dramática, reemplazando a Ciro en su corazón e incluso superándolo.
Durante ocho l