—Quítate la ropa —ordenó Romina con un tono autoritario y monótono.
Cristina cerró los ojos con fuerza y encogió los hombros, sin moverse ni decir nada.
Al ver su cara pálida, Romina se inclinó hasta su oído, con una sonrisa perversa. La tomó de la oreja y se la retorció, como una advertencia.
—Escúchame —le susurró con dureza—. Paolo me mandó a prepararte, ¿entiendes? Si no cooperas, puedo llamar a los guardias para que te “enseñen” ellos. Más te vale que no te pongas difícil.
Cristina sintió