—¡No seas imbécil! —volvió a gritar Rafaela—. No vuelvas a decir estupideces. ¿Sabes? He cambiado de opinión. Quiero que te vayas —dijo decidida.
—Te recuerdo que tú y yo somos los dueños de estas empresas.
—Hermanito, eso era antes de que despilfarraras cantidades de dinero a diario. Tengo por escrito cada peso que gastas y, la verdad, es poco lo que te queda. Es mejor que aceptes mi oferta.
—¿Y cuál es tu oferta, hermanita?
—Que me vendas tu parte y te vayas.
—Está bien, no se diga más. Busca