Mundo ficciónIniciar sesiónValeria se encerró en su habitación y pasó el resto del día mirando la ciudad desde la ventana. El sol ya había bajado y el cielo se teñía de naranja y rojo. Se sentía como si estuviera viendo el atardecer desde una jaula de lujo.
No había tocado la comida que le llevaron al mediodía. Apenas había bebido agua. Su mente no dejaba de dar vueltas alrededor de todo lo que había descubierto. Raúl era primo de Alejandro. Todo había sido una trampa. Cinco años desperdiciados. Escuchó tres golpes suaves en la puerta antes de que esta se abriera. Era la misma señora que le había llevado el desayuno por la mañana. Esta vez traía una elegante caja negra con un lazo dorado. —El señor Montenegro me pidió que le entregara esto —dijo la mujer, dejando la caja sobre la cama—. La cena se servirá en una hora en el comedor principal. Él espera que usted asista. Valeria miró la caja con desconfianza. —¿Y si no quiero asistir? La mujer le dedicó una sonrisa triste. —Le recomiendo que baje, señorita. No es buena idea hacer enojar al señor. Cuando la mujer salió, Valeria se acercó a la cama y abrió la caja con manos temblorosas. Dentro había un hermoso vestido rojo oscuro, largo, con un escote discreto pero elegante. Junto al vestido había un par de tacones negros y una nota escrita a mano. "Quiero verte con esto esta noche. - A." Valeria arrugó la nota con rabia y la tiró al suelo. No pensaba ponerse ese vestido. No pensaba arreglarse para él. Pero cuando llegó la hora de la cena, la curiosidad y el hambre pudieron más que su orgullo. Se puso el vestido. Le quedaba perfecto, como si lo hubieran hecho a su medida. Se miró al espejo y casi no se reconoció. Parecía una mujer completamente diferente a la que había llegado ayer. Cuando salió de la habitación, Alejandro ya estaba esperándola en el comedor. Estaba de pie junto a la mesa, impecable con un traje negro y una camisa blanca. La miró de arriba abajo con una expresión que no pudo descifrar. —Te ves… impresionante —dijo con voz ronca. Valeria no respondió. Se sentó en el lugar que él le indicó sin decir una palabra. La cena fue servida en silencio. Filete, ensalada y un vino tinto que Alejandro eligió personalmente. Valeria apenas probó bocado. —No has comido casi nada en todo el día —observó él, mirándola fijamente. —No tengo hambre. —Estás mintiendo. Valeria dejó los cubiertos con fuerza sobre la mesa. —¿Vas a controlarme también en lo que como? Alejandro tomó un sorbo de su vino antes de responder. —Voy a cuidarte en todo. Incluyendo eso. Valeria lo miró con frustración. —¿Por qué haces esto? ¿Por qué no me dejas ir? Ya sabes la verdad. Sabes que Raúl nos engañó a los dos. ¿No es suficiente? Alejandro dejó la copa sobre la mesa y la miró directamente a los ojos. —Porque estos cinco años sin ti fueron un infierno. Porque cada día me levantaba preguntándome dónde estabas, si estabas bien, si estabas con alguien más. Porque cuando te vi entrar a mi oficina ayer… sentí que volvía a respirar después de mucho tiempo. Valeria sintió un nudo en la garganta. —Eso no justifica que me tengas prisionera. —Tal vez no —admitió él—. Pero no pienso arriesgarme a perderte otra vez. Se hizo un largo silencio entre ellos. Solo se escuchaba el tenue sonido de la ciudad a lo lejos. —Quiero hacer un trato contigo —dijo Alejandro de repente. Valeria levantó una ceja, desconfiada. —¿Qué tipo de trato? —Te daré más libertad dentro del penthouse. Podrás moverte libremente por casi todas las áreas. A cambio, quiero que dejes de luchar contra mí. Al menos… inténtalo. Valeria lo miró con desconfianza. —¿Y si no acepto? —Entonces seguirás encerrada en tu habitación la mayor parte del tiempo. Ella se quedó pensando varios minutos. Finalmente habló: —Quiero una condición más. Alejandro inclinó la cabeza, curioso. —Dime. —No me tocarás —dijo con firmeza—. A menos que yo te lo permita. Alejandro se quedó en silencio, observándola con intensidad. Una sonrisa lenta y peligrosa apareció en sus labios. —Esa condición… va a ser muy difícil de cumplir para ti. Valeria sintió que el corazón se le aceleraba. —¿Aceptas o no? —insistió ella. Alejandro levantó su copa de vino y brindó en el aire. —Acepto… por ahora. Tomó un sorbo sin dejar de mirarla a los ojos. Valeria supo en ese momento que acababa de hacer un pacto con el diablo. Y que este diablo tenía toda la intención de romper su promesa en cuanto tuviera la oportunidad. Alejandro dejó la copa sobre la mesa y se recostó contra el respaldo de su silla, observándola con esa mirada que parecía leerle el alma. —Dime algo, Valeria —dijo con tono calmado—. Si realmente me odias tanto como dices… ¿por qué tu pulso se acelera cada vez que me acerco a ti? Valeria sintió que se le encendía el rostro. Apartó la mirada y se concentró en mover la comida de un lado a otro del plato. —No sé de qué estás hablando. —Sí lo sabes —respondió él sin dudar—. Tu cuerpo te traiciona. Siempre lo ha hecho. Se levantó de su asiento y caminó lentamente alrededor de la mesa hasta quedar detrás de ella. Valeria se tensó, pero no se movió. Sintió cómo las manos de Alejandro se posaban suavemente sobre sus hombros desnudos. —Relájate —susurró él, inclinándose para hablarle cerca del oído—. Solo estoy probando los límites de nuestro trato. Valeria cerró los ojos con fuerza. El calor de sus manos y el aroma de su colonia la estaban afectando más de lo que quería admitir. —Dijiste que no me tocarías —le recordó con voz temblorosa. —Estoy tocando tus hombros, no tu cuerpo —respondió él con voz baja y peligrosa—. Todavía estoy cumpliendo el trato… técnicamente. Sus pulgares comenzaron a moverse en círculos lentos sobre su piel. Valeria tuvo que morderse el labio para no soltar un suspiro. —Para —pidió ella, aunque su voz sonó más débil de lo que pretendía. Alejandro se inclinó aún más, hasta que sus labios casi rozaron el lóbulo de su oreja. —¿Estás segura de que quieres que pare? —preguntó en un susurro ronco—. Porque tu piel se eriza cada vez que te toco. Valeria se levantó bruscamente de la silla, rompiendo el contacto. Se giró para enfrentarlo, respirando agitada. —Esto no es un juego, Alejandro. No puedes manipularme así. Él la miró con una mezcla de deseo y algo más oscuro. —No estoy jugando. Solo estoy siendo honesto. Tú puedes mentirte a ti misma todo lo que quieras, pero yo no pienso hacerlo. Valeria dio un paso atrás, tratando de poner distancia entre ellos. —Necesito tiempo. No puedes esperar que después de cinco años de creer que me traicionaste, ahora caiga rendida a tus pies como si nada hubiera pasado. Alejandro avanzó hacia ella, acortando la distancia que Valeria había intentado crear. —No espero que caigas rendida —dijo con seriedad—. Espero que luches. Espero que me odies. Espero que me desafíes. Porque mientras más luches… más dulce será cuando finalmente te rindas. Valeria chocó contra la pared. No tenía más espacio para retroceder. Alejandro colocó una mano en la pared, al lado de su cabeza, y con la otra le levantó suavemente el mentón para que lo mirara. —Sé que todavía sientes algo por mí —susurró—. Puedo verlo en tus ojos. Puedo sentirlo en cómo tiemblas cuando estoy cerca. Valeria respiraba con dificultad. Sus ojos se movían entre los ojos y los labios de Alejandro. —No… —susurró débilmente. Alejandro se acercó aún más. Sus labios estaban a solo centímetros de los de ella. —Dime que pare —dijo con voz ronca—. Dímelo y me alejaré ahora mismo. Valeria abrió la boca para hablar, pero las palabras no salían. Su mente y su cuerpo estaban en guerra. En ese momento, el teléfono de Alejandro comenzó a sonar. Él cerró los ojos con frustración y apoyó su frente contra la de ella durante dos segundos. Luego se apartó lentamente, con evidente esfuerzo. —Esta conversación no ha terminado —dijo con voz oscura mientras sacaba el teléfono del bolsillo—. Tienes una semana para adaptarte, Valeria. Después de eso… las reglas cambian. Respondió la llamada con voz fría y salió del comedor, dejando a Valeria sola, temblando contra la pared. Ella se llevó una mano al pecho, sintiendo cómo su corazón latía desbocado. Estaba en problemas. Graves problemas. Porque aunque su mente seguía gritando que lo odiaba… su cuerpo acababa de traicionarla de la peor forma posible. Y Alejandro lo sabía perfectamente.






