La noche había caído sobre la ciudad cuando Valeria y Alejandro regresaron al penthouse.
El paseo había sido extraño pero necesario. Alejandro la llevó a un mirador privado en las afueras de la ciudad, lejos de miradas curiosas. Allí, por primera vez, hablaron como dos personas normales y no como captor y prisionera.
Ahora, horas después, Valeria estaba sentada en el sofá del salón principal con una copa de vino en la mano. Alejandro estaba frente a ella, con las mangas de la camisa arremangada