Llegaron hasta la orilla, Rosseta bajó tan rápido como pudo y ayudó a Albuz. Él continuaba molesto por el trago amargo que vivieron con las sirenas y tritones y ella pensaba, ella pensaba en las sales y hieles que utilizó para espantarlos. Por muchos años, Rosseta revivió aquella mezcla como cura para sus quemaduras y resultaba que era un castigo más de su padre.
- Amo Albuz. - dijo ella, mientras caminaba a su mismo paso. - ¿A dónde iremos?
- A la isla de los pegazos. - respon