Cuando vamos por la pista de baile él se detiene y me sujeta. Me detengo y volteo a mirarlo cruzándome de brazos.
—Estás molesta —dice y mi sangre hierbe mucho más.
—Sí.
—¿Por qué? —frunce el ceño como si realmente no supiera y me indigna porque estoy molesta por su maldita culpa ¡Por su maldita culpa!
—¡Por ti! ¡¿Qué necesidad tienes de hacer esto?! —levanto mi voz. Algunas personas nos miran, pero nos ignoran, pues la música a todo volumen no permite que escuchen el espectáculo.
—¿Yo te hice