Finalmente sonreí y asentí.
Lo que nunca imaginé fue que Jorge me encontraría en Santa Clara.
Apenas salíamos Néstor y yo de probarnos los trajes de boda cuando lo vi, de pie bajo un árbol frente a nosotros.
Vestía una simple camisa blanca, su cabello desordenado, el rostro pálido, sin brillo alguno en sus ojos.
Su mirada se posó brevemente en nuestras manos entrelazadas antes de desviarla.
Jorge esbozó una sonrisa forzada:
—Mariana, he venido a llevarte a casa.
—No esperaremos hasta el año que