Los ojos de Valeria se llenaron de lágrimas.
Eduardo frunció el ceño:
—No llores.
Valeria se apresuró a contener las lágrimas. Además, no podía permitirse alterarse mientras se recuperaba.
Intentó sonreír:
—¿Aún no han cenado? Vengan a probar lo que preparé.
Sofía parpadeó y le dijo educadamente a Eduardo:
—Gracias por todo el trabajo, tío.
Santiago agregó:
—Gracias, tío.
Eduardo sonrió levemente:
—De nada.
En el comedor, los niños comían tranquilos y contentos. Con mamá ahí, todo estaba bien.